¡Colombia está cambiando y seguirá cambiando! Palabras del Presidente Juan Manuel Santos en la instalación de la Legislatura del Congreso de la República 2017-2018

20/07/2017
Foto: Presidencia.

 

 

El año pasado, en este mismo lugar, dije que aquel 20 de julio podría ser el último que tuviéramos que conmemorar en un país en guerra con las FARC. Y que de nosotros dependía que así fuera.

Señores congresistas, queridos colombianos: ¡LO LOGRAMOS!

¡Este es el primer 20 de julio –desde 1963– que vivimos sin la sombra de esa guerra absurda!

Las armas se entregaron a las Naciones Unidas. Las caletas están siendo ubicadas y destruidas.

Es un ejemplo de paz en medio de un mundo convulsionado, y así lo reconocieron y aplaudieron la semana pasada los 15 países miembros del Consejo de Seguridad de la ONU.

Luego de tantos intentos fallidos, muchos pensamos que jamás veríamos este día, pero hoy –felizmente– es una realidad irrebatible.

Y no es solo la obra de este Presidente o de este Gobierno. Hoy –con estas palabras– quiero pedirles a todos que se saquen esa idea de la cabeza.

La paz de Colombia es –precisamente– la paz DE Colombia.

Nos pertenece a todos y cada uno de los colombianos; debemos protegerla y defenderla todos y cada uno de los colombianos.

Les pertenece a ustedes, señores congresistas, que tienen la tranquilidad de conciencia de haber aprobado las reformas y las leyes necesarias para alcanzar el acuerdo de terminación del conflicto, y para comenzar su debida implementación.

El Congreso de Colombia –óigase bien, porque de esto pueden sentirse orgullosos– dictó las leyes para poner fin a un pasado de violencia, y ahora dicta las leyes para comenzar a cimentar un futuro de armonía, civilidad y convivencia.

La paz es un derecho constitucional y lo que aquí se ha hecho es contribuir a la realización de este derecho.

¿Y cómo lo han hecho? Por ejemplo, dando vida al Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición –incluida la Jurisdicción Especial para la Paz–; haciendo posible el ingreso a la democracia de quienes abandonaron el camino de las armas; blindando y garantizando la estabilidad de los acuerdos –entre muchas otras iniciativas aprobadas en la pasada legislatura–.

Pero nos queda una legislatura completa, una legislatura en que el Congreso y el Gobierno debemos seguir avanzando para consolidar el nuevo país que podemos ser luego de haber acabado una guerra interna de más de medio siglo.

Se tramitarán a partir de hoy normas de la mayor importancia, como la reforma a las regalías que nos permitirá invertir un billón de pesos en las vías terciarias –esos caminos que tanto necesitan nuestros campesinos–; como la reforma política y electoral que contribuirá a depurar y mejorar nuestro sistema democrático; como la ley estatutaria de la Jurisdicción Especial para la Paz, y las reformas que conduzcan al desarrollo rural integral y a un uso más equilibrado de la tierra.

Señores congresistas: lo que está en juego frente a la nación y la comunidad internacional –cuando se habla del cumplimiento del Acuerdo de Paz–, no es mi nombre ni el compromiso de mi gobierno. Lo que está de por medio es la responsabilidad internacional del Estado.

Para la comunidad internacional el Estado no está dividido en compartimientos. El Estado es uno; la política de paz es una. Por eso, cumplir el Acuerdo de Paz en todas sus partes –como lo estamos haciendo y lo debemos seguir haciendo– es una responsabilidad –es una obligación moral, política y legal– que asumimos ante el mundo entero y, particularmente, ante su máxima instancia, que es el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

¡Qué gran compromiso con el país y con el mundo, apreciados parlamentarios!

Ustedes nos ayudaron a cerrar la puerta de una violencia absurda y ahora nos ayudan a abrir la puerta de una mejor Colombia: la Colombia en paz, próspera, mejor educada y más justa que todos sabemos que podemos ser.

Mucho se ha hablado de la paz, mucho se ha discutido sobre el acuerdo que este mismo Congreso refrendó por amplias mayorías –y que mejoró mucho, así lo reconozco, luego de renegociar e incorporar las inquietudes manifestadas en el plebiscito–, pero el hecho patente es que una guerrilla que combatió al Estado por 53 años hoy está desarmada y lista para jugar según las reglas del Estado de derecho.

Y hay algo aún más destacable: gracias al proceso de paz se han dejado de perder miles de vidas.

Porque esto es lo más importante. ¡La vida SIEMPRE es lo más importante!

Imaginen ahora mismo –imaginemos todos– a esos miles de colombianos, uno al lado del otro: hombres, mujeres y niños; soldados, policías, guerrilleros, campesinos… ¡Seres humanos!

¡Miles de seres humanos –compatriotas nuestros– que están vivos, que AHORA están vivos, gracias al fin del conflicto con las FARC!

Se los digo de corazón: ¡yo entrego gustoso hasta el último punto de la popularidad que me queda, a cambio de una sola de esas vidas salvadas!

Y el logro es de todos –lo repito–: de todos.

El pasado 27 de junio, en el acto de dejación de armas en Mesetas, dije que por llegar a ese día, por vivir ese día, había valido la pena para mí ser presidente de la República.

Ustedes, apreciados congresistas, esa inmensa mayoría que ha apoyado la paz, también pueden sentirse muy satisfechos, porque esas vidas salvadas, esas oportunidades que hoy se abren, también se deben a su apoyo y a su trabajo.

Por eso hoy –con la voz de 49 millones de colombianos– les digo:

¡Gracias, Congreso de la Paz!

Y gracias, muchas gracias, a los negociadores, a los funcionarios del Gobierno, a los jueces y magistrados, a la comunidad internacional, a los artistas, a los deportistas, a los intelectuales, a cada colombiano y extranjero que puso su granito de arena –de cualquier manera– para que hoy podamos vivir el momento que estamos viviendo.

Y, por supuesto, gracias, muchas gracias, a los cientos de miles de héroes de nuestras Fuerzas Militares y de la Policía Nacional que entregaron todo –con valor y sacrificio– para obtener la mayor victoria de cualquier soldado y policía: ¡LA PAZ!

Ustedes –soldados de tierra, mar y aire, y policías de Colombia– han sido grandes en la guerra y serán también los mayores garantes de la convivencia.

¡Honor y gloria a nuestras Fuerzas Armadas!

Nuestra fuerza pública, además, sigue combatiendo –ahora con más efectividad– los focos de inseguridad que subsisten –como el ELN, las bandas criminales y la delincuencia común–, y seguirá contando con todo el apoyo del Estado y de los colombianos.

Soy el primero en reconocer que la inseguridad sigue siendo un factor de preocupación para los colombianos. Por eso tenemos que esforzarnos más –y lo estamos haciendo– para que disminuyan los hurtos, las extorsiones y todo acto que atente contra la seguridad ciudadana.

Tenemos que seguir disminuyendo las cifras de homicidios y de secuestros que hoy –por fortuna– son las más bajas en por lo menos cuatro décadas.

Un solo homicidio, un solo secuestro, ¡es demasiado!

Otro gran desafío ha sido y sigue siendo el narcotráfico.

Somos conscientes del importante aumento que han tenido los cultivos de coca en el país. Pero no nos cruzamos de brazos.

Ahora –sin el conflicto armado con las FARC de por medio– podremos destinar más fuerzas –aquellas que teníamos concentradas en combatir esta guerrilla– y ser mucho más efectivos frente a este flagelo y la inseguridad en general.

Nos hemos puesto la meta de erradicar al menos 100 mil hectáreas de coca: 50 mil a través de erradicación voluntaria –ya firmamos convenios con líderes y organizaciones sociales que representan a 86 mil familias–, y otras 50 mil hectáreas mediante erradicación forzosa.

De estas últimas, ya se erradicaron 23 mil hectáreas –prácticamente la mitad de la meta, y el doble de lo que llevábamos el año pasado–. Y lo estamos haciendo con un mecanismo especial de monitoreo para evitar la resiembra.

Tengan la seguridad de que seguiremos incautando cargamentos y destruyendo laboratorios, con mayor contundencia todavía, ahora que terminó el conflicto que más ayudaba a protegerlos.

Apreciados congresistas, queridos compatriotas:

Nadie ha dicho que el fin del conflicto con las FARC sea la paz total ni el inicio del paraíso terrenal en nuestro suelo.

Pero es un hito que nadie puede negar, y es un cimiento para seguir consolidando muchos otros avances que ha tenido el país en lo social y en lo económico; en la defensa de los derechos de los ciudadanos.

Y quiero insistir: la transformación de Colombia en estos últimos años no debe considerarse como un logro solo del Gobierno, sino de todos, todos los colombianos.

Se los digo de verdad y con toda franqueza: ¡Olvídense de mí! Olviden –si eso los hace sentir mejor a algunos– que estos avances se lograron en estos años de gobierno.

Pero no nos olvidemos –eso sí les pido– de los logros reales que hemos alcanzado juntos.

Sabemos –claro– que un país como el nuestro tiene muchas necesidades por satisfacer, que falta mucho por hacer en todas las áreas, y vamos a dedicar este último año de trabajo a seguir avanzando hacia metas aún mayores.

Pero repito: no olvidemos, no minimicemos, lo que ha avanzado Colombia –¡nuestra Colombia!– en estos siete años.

Ustedes, congresistas, que hicieron posible, con las reformas y leyes que aprobaron, esta transformación, deben ser los primeros en reconocerlo y en divulgarlo.

¡Colombia cambió para bien! ¡Colombia sigue cambiando para bien! Y nuestra tarea es continuar la senda de progreso para que más colombianos accedan a una mejor calidad de vida.

Hace siete años nuestro país tenía menos de 19 millones de personas con empleo. Hoy –al corte de mayo, que es el último que conocemos– son 22,3 millones: 3 millones 300 mil más.

Hagan de cuenta, es como si todos los habitantes de Santander y Boyacá –sumados– hubieran encontrado empleo.

El desempleo, que hace siete años superaba el 12%, hoy está en niveles de un solo dígito, como lo habíamos prometido.

Hace siete años, la mayoría de los trabajos eran informales, es decir, sin prestaciones ni beneficios de ley. Hoy –por primera vez– más de la mitad de los empleos en Colombia son formales.

Esto es un logro de todos, que lo debemos a todos.

¡Y qué podemos decir de la pobreza! Sigue siendo un problema muy grande que tenemos que afrontar día tras día.

Pero no podemos desconocer que más de 5 millones de colombianos –esto es, más que la población entera del Valle del Cauca– superaron la pobreza en los últimos siete años.

¿Y cómo logramos eso? Con avances puntuales en salud, en vivienda, en educación, en servicios públicos, en acceso a la cultura y el deporte…

Miren esto: hace una década, una cuarta parte de la población no tenía derecho a enfermarse porque no hacía parte del sistema de salud.

Hoy, no solo hemos consagrado a la salud como un derecho fundamental, sino que tenemos una cobertura prácticamente universal, y además ya no existen pacientes de primera categoría y de segunda categoría.

¿Falta mucho? ¡Claro! Pero no desconozcamos lo avanzado.

En educación, seguimos caminando en la senda para ser el país mejor educado de América Latina para el año 2025.

Antes, la educación básica no era toda gratuita, los niños iban muy pocas horas al colegio, la construcción de aulas iba a paso lento y, de cada 10 bachilleres, menos de 4 lograban entrar a educación superior.

En los últimos cuatro años la educación ha sido –gracias a los presupuestos que ustedes aprueban, señores congresistas– el sector que más recursos recibe de la Nación.

Más de 1 millón 200 mil niños en primera infancia se benefician de la estrategia de atención integral De Cero a Siempre, y más de 8 millones de niños y jóvenes –todos los que van a planteles oficiales– estudian su primaria y secundaria absolutamente gratis.

Estamos construyendo –para poder implementar la jornada única en todos los colegios– 30 mil aulas, una cantidad que, al ritmo que traíamos, nos hubiéramos tardado más de 60 años en alcanzar.

Además, pasamos de un promedio de 24 niños por cada computador en nuestros colegios a 4 niños por computador. ¡Así garantizamos una nueva generación conectada e informada, que no esté en desventaja frente a otros países!

Y hablando de esto, un indicador que no se menciona mucho, pero que es realmente importante, es el de la lectura, porque da la idea de cuánto avanza nuestra nación hacia el conocimiento.

No solo hemos construido un centenar de bibliotecas y las hemos conectado todas a internet; no solo hemos entregado 71 millones de libros y textos escolares a bibliotecas y colegios, sino que se aumentó el índice de lectura en nuestros niños de 1,9 libros al año a 3,2.

Y hoy más de la mitad de los bachilleres que salen del colegio entran a la educación superior.

¿Falta mucho? Sí… ¡Pero quién duda de que vamos por el camino correcto!

¡Y cómo han avanzado las familias colombianas en el logro de su sueño más querido, que es tener una casa propia!

Hemos subsidiado –total o parcialmente– la adquisición de vivienda a más de 715 mil familias de menores ingresos y de clase media, y llegaremos al 2018 con más de 130 mil viviendas gratis entregadas a las familias más pobres del país.

Y una gran revolución silenciosa ha ocurrido en la provisión de servicios públicos y de tecnologías de la información.

En estos siete años, 6 millones 300 mil colombianos han recibido, por primera vez, el servicio de agua potable en sus casas, y 6 millones 900 mil tienen también, por primera vez, alcantarillado.

Hoy 2 millones 700 mil familias tienen gas natural domiciliario –lo que contribuye a sus bolsillos y al ambiente–, y 220 mil familias en zonas apartadas tienen por fin acceso a energía eléctrica.

Qué bueno saber que prácticamente todos los municipios del país están conectados a internet. En el 2010, eran apenas 200.

¡Estamos construyendo una sociedad más igualitaria y más justa!

Y hoy quiero agradecerles, señores congresistas, porque estos avances sociales hacia la equidad se deben en gran parte a las reformas y leyes que ustedes aprobaron en este recinto.

Yo sé que muchos ciudadanos se preocupan, con razón –y nosotros también–, por la desaceleración de la economía.

Estamos tomando las medidas para que sea cada vez más dinámica y esperamos que en este segundo semestre veamos un repunte importante.

Pero debemos ser claros: Colombia sufrió, con la abrupta caída de los precios internacionales del petróleo, un recorte muy grande en sus ingresos, que se unió el año pasado al peor fenómeno de El Niño de nuestra historia, y esto –junto con la turbulencia regional y mundial– afectó nuestro crecimiento.

Crecimos menos, pero seguimos creciendo, muy por encima del promedio latinoamericano.

Tomamos –con ustedes, congresistas– medidas impopulares pero responsables, como la reforma tributaria, e inyectamos recursos a sectores generadores de empleo y dinamizadores de la economía, como la vivienda y la infraestructura. Los resultados comienzan a verse…

La inflación, que tuvo un incremento importante el año pasado, está nuevamente por debajo del 4 por ciento.

Las exportaciones, en los primeros cinco meses del año, aumentaron en un 25 por ciento frente al mismo periodo del año anterior.

La inversión extranjera directa aumentó, en el primer trimestre del año, más del 8 por ciento. La inversión total –como porcentaje del PIB– es la más alta de toda la región.

El turismo es un sector que crece aceleradamente, y que bate records cada año. El año pasado, por ejemplo, nos visitaron más de 5 millones de personas, y en el primer semestre de este año el número de visitantes extranjeros aumentó en un 46 por ciento, otra prueba de los beneficios de la paz.

El agro, por su parte, se ha convertido en un sector líder del crecimiento económico. Ya ampliamos la superficie cultivada en 900 mil hectáreas y esperamos completar un millón de hectáreas nuevas el próximo año.

Si ha habido un sector golpeado por el conflicto armado ese ha sido el sector rural. Y, por eso mismo, con los proyectos que ustedes mismos nos ayudarán a aprobar, debe ser el más beneficiado.

El próximo lunes –precisamente– lanzaremos en Caquetá los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial, que llevarán equidad, bienestar y desarrollo a las regiones y municipios que fueron más afectados por la guerra.

Mención aparte merece el tema de la infraestructura. Yo creo que no hay colombiano que recorra nuestro país que no se haya dado cuenta de lo que estamos avanzando en la construcción de autopistas, carreteras y caminos que nos conectan.

Colombia entera está en obra, ¡Colombia tiene otra cara!, con los proyectos viales más ambiciosos que jamás hayamos realizado, y la modernización o ampliación de 58 aeropuertos.

Hace menos de dos semanas estuve en Pamplona, en la firma del acta de inicio de la concesión 4-G entre esta ciudad y Cúcuta, que se une con la concesión Pamplona-Bucaramanga.

Ya tenemos muy buenas autopistas desde Bucaramanga hacia el sur del país, y nos faltaba este tramo para completar un sueño: la conexión desde Venezuela hasta Ecuador con autopistas de las mejores especificaciones.

Un transportador de verduras, Mauricio Jaimes, me decía que hoy se gasta siete horas de Cúcuta a Bucaramanga. Pues bien: cuanto terminen estas obras, ¡se gastará solo 4 horas y media, y sus verduras llegarán más frescas!

Historias como esta las estamos viendo en todas las regiones del país.

Para apoyar a nuestros campesinos, nos dedicaremos también a la construcción y mejoramiento de las vías terciarias o veredales, para lo cual serán esenciales los recursos que el Congreso nos ayudará a liberar con la reforma a las regalías, a la que solo le falta un debate en la plenaria del Senado.

Y en política exterior, ustedes lo saben, ¡Colombia es otro país!

Cuando asumí el gobierno, éramos considerados la oveja negra de la región; nos pedían visas hasta para visitar la más pequeña isla del Caribe; nos incluían en las listas de violadores de los derechos humanos; nos raqueteaban en los aeropuertos, y nos tenían bloqueada la aprobación de los acuerdos de libre comercio con Estados Unidos y Europa.

Hoy es todo lo contrario.

Tenemos buenas relaciones con la región, nos quitaron la visa en 44 países, nos sacaron de todas las listas negras, nos aprobaron los acuerdos comerciales, nunca han venido tantos jefes de Estado, y el año pasado la revista más importante del mundo nos destacó como “el país del año”.

Y vamos a hacer parte de la OCDE, para que el país pueda garantizar la buena calidad de sus políticas públicas hacia el futuro.

Nos preocupa hondamente –como le preocupa al mundo entero– la situación del hermano país de Venezuela. Desde el Congreso de Colombia envío un saludo solidario y fraterno al pueblo venezolano, y reitero que seguiremos apoyando una solución pacífica y democrática que les dé bienestar y tranquilidad. ¡El bien de Venezuela es el bien de Colombia!

Hoy nuestro país –además– es líder en temas de medio ambiente y sostenibilidad. No solo impulsamos los Objetivos de Desarrollo Sostenible que adoptaron las Naciones Unidas, sino que fuimos protagonistas en la discusión del Acuerdo de París sobre Cambio Climático, que ustedes aprobaron el mes pasado.

Cuando termine nuestro gobierno dejaremos protegidas 26 millones de hectáreas, ¡más que el área entera del Reino Unido! Y 37 páramos, la totalidad de los que existen en el país.

Queridos colombianos:

A este Congreso y a mi gobierno nos queda un año de trabajo; un año en el que debemos consolidar e incrementar los avances sociales, económicos, de seguridad, internacionales, y de paz.

Porque –como ya dije– soy totalmente consciente de que las condiciones de vida son difíciles para muchos compatriotas y de que nos falta mucho, muchísimo camino por recorrer.

Así que vamos a seguir trabajando y avanzando en todos los frentes que he mencionado, pues en el año que queda –con la ayuda del Congreso y del país– podemos hacer más todavía.

Uno de los desafíos más importantes –quién lo duda– es la lucha permanente contra la corrupción, porque los corruptos son ladrones que roban el futuro a los colombianos.

Vamos a presentar en esta legislatura las iniciativas que ya he anunciado para hacer más efectiva esta lucha, por ejemplo, para restringir la casa por cárcel y otros beneficios que hoy existen para los delincuentes de cuello blanco.

Pero no debemos desanimarnos. Por cada corrupto que cae –y, por fortuna, están cayendo muchos– hay miles de servidores públicos y ciudadanos que trabajan honestamente y que han llevado a Colombia al momento que vivimos hoy.

Por eso los convoco a que, como sociedad, caminemos juntos sobre nuevas bases: no más negativismo, no más confrontación, no más difamaciones –que contaminan el espíritu nacional–, sino optimismo, acercamientos, respeto por las diferencias, generosidad, amplitud de espíritu.

El papa Francisco nos visitará en menos de dos meses y viene para invitarnos precisamente a eso, a que dejemos atrás las diferencias y demos “el primer paso” para la reconciliación entre los colombianos, para que todos empujemos en la misma dirección, que no es otra que el progreso, el desarrollo y la paz de Colombia.

Yo los invito hoy –con mi mano abierta, con mi corazón abierto, sin rencores ni recriminaciones de ninguna clase– a que dejemos a un lado, a que superemos, la polarización.

¡La Patria por encima de los partidos! Retomemos esta proclama que hizo el general Benjamín Herrera al terminar la cruenta Guerra de los Mil Días a comienzos del siglo pasado…

Y hoy diría algo más: ¡Colombia por encima de los egos!

El fin del conflicto con las FARC –¡algo que no soñábamos hace tan solo siete años!–, la estabilidad de nuestra economía, los avances en el cierre de las brechas sociales, nos muestran que estamos ante una oportunidad de oro.

De nosotros depende –¡solo de nosotros depende!– comenzar a aprovecharla.

En esta humanidad dominada en buena parte por el miedo –el miedo que lleva al desconocimiento del otro, a la exclusión, a la discriminación, al odio, a la violencia– tenemos que tomar partido por el amor, por la unidad, por la compasión, por la tolerancia.

Lo digo de verdad. Es lo que siento. No son solo palabras.

Hoy los convoco a ustedes, congresistas, y a todos mis compatriotas, a que protejamos y valoremos lo que hemos avanzado juntos, no por este gobierno, no…

¡POR COLOMBIA! ¡POR NUESTRA COLOMBIA!

Por las inmensas posibilidades que tenemos si dejamos atrás las diferencias y nos unimos para hacer un mejor país.

¡Colombia está cambiando y seguirá cambiando!

De nosotros depende –no solo del Gobierno; no solo de este Presidente, que es un inquilino pasajero en la Casa de Nariño; no solo de este Congreso– que la transformación sea para siempre.

NO olvidemos nunca, no olvidemos jamás: SOMOS UN SOLO PUEBLO… ¡SOMOS UNA SOLA NACIÓN!

Con este llamado a la unidad, con esta emoción de ver a Colombia transformarse… declaro oficialmente instalada la legislatura del Congreso de la República para el periodo 2017-2018.

 

font + font - contrast